- La maldición de Tutankamon

Uises nos ha enviado una carta en la que nos habla de las maldiciones de las tumbas faraónicas que se construyeron hace miles de años en el antiguo Egipto. Dice que allí se han encontrado señales de contaminaciones extrañas. En fin. No quiero adelantar acontecimientos, escuchemos la carta en la voz de Inmaculada Palomares.

El 17 de febrero de 1923, en Egipto, en el Valle de los Reyes, dos arqueólogos de origen inglés, Howard Carter y el conde de Carnarvon, llegaban después de años de esfuerzos a la segunda y última puerta sellada de la tumba de Tutankamon. El último golpe de piqueta logró abrir un pequeño agujero en la puerta de piedra, y un tenue rayo de luz penetró por él, rompiendo una oscuridad de 3250 años. Howard, excitado, fue el primero en asomarse por la abertura y cuando sus ojos se acostumbraron a la débil luz que iluminaba el interior quedó mudo de asombro. Bajo la luz amarillenta de las antorchas brillaban féretros dorados sobre un sitial de oro, a su lado se erguían dos grandes estatuas negras y repartidos por toda la estancia brillaban jarros de alabastro y arcas extrañas. Por todos lados fantásticas cabezas de animales proyectaban sus sombras desfiguradas sobre las paredes policromas y en el centro de la estancia yacía un féretro magníficamente adornado del que asomaba una serpiente de oro.

Los grandes acontecimientos casi siempre van unidos a las fábulas, y este no iba a ser menos. Dos meses después del descubrimiento, Sir. Carnarvon murió en El Cairo aquejado de neumonía y a la misma hora, en Londres, expiraba su perro más fiel. Sus supersticiosos ayudantes no dudaron en atribuir la muerte a una maldición que, según piensan algunos, ha acompañado al tesoro hasta nuestros días: la maldición de Tutankamon.

La maldición de Tutankamon fue una de las muchas amenazas con las que los antiguos constructores de tumbas pretendían alejar a las mentes codiciosas. Con el tiempo una extendida literatura de ficción se ha encargado de alimentar el mito. No faltan historias en las que se describen tumbas faraónicas plagadas de esporas de hongos venenosos, sembradas de trampas diabólicas, signos mágicos y todo tipo de amenazas imaginables para este mundo y el más allá.

La ciencia, por definición, no cree en esas cosas, pero a veces parece sumarse a toda esa corte de fantasmas. Un día, unos investigadores de la Universidad de Sudbury, en Canadá, dirigidos por Jaime Bigu, en colaboración con colegas del Instituto de Energía Atómica de El Cairo, decidieron tomar ciertas medidas en una serie de monumentos del Antiguo Egipto. No iban acompañados de cazadores de fantasmas ni exorcistas de ningún tipo, sus armas eran instrumentos científicos modernos: detectores de radioactividad.

Siete fueron los monumentos investigados y en tres de ellos se detectaron niveles elevados, en algunos casos potencialmente peligrosos, de radioactividad. El nivel mas alto se midió en el interior de la pirámide de Sakhm Khat en Sagara, al sur del Cairo. Allí los detectores marcaron 5809 becquerelios por metro cúbico. En los túneles de Abbis el nivel fue de 1202 y en la tumba de tumba de Serapuem fueron de 816 becquerelios de radioactividad por metro cúbico. Los índices no eran para salir corriendo pero cualquier persona que estuviera habitualmente ocho horas en ese ambiente, algo que bien podría suceder a algunos de los guías turísticos especializados en esos monumentos, superaría el límite de radioactividad recomendado por los organismos europeos de protección radiológica. ¿A qué se debía esa radioactividad? ¿Acaso algún poderoso faraón tuvo en sus manos el secreto de la energía atómica 4000 años antes de su descubrimiento?

La verdad de la historia es que los investigadores que intervinieron en el estudio no buscaban descubrir supuestos conocimientos excepcionales en las civilizaciones antiguas. El origen de la radioactividad que investigaban existe de forma natural en cualquier lugar de la Tierra desde las profundidades del planeta hasta en la alcoba de nuestro dormitorio. El culpable principal es un gas radioactivo: el radón.

En las rocas de la corteza terrestre existe siempre una proporción, normalmente muy pequeña, de substancias radioactivas, como el uranio o el radio. Las substancias radioactivas se llaman así porque son inestables y con el tiempo los núcleos de sus átomos materialmente revientan y al hacerlo se convierten en otras substancias diferentes. El radón es un producto natural, uno de los deshechos que aparecen tras la desintegración radioactiva del radio. Lo que hace del radón una substancia tan excepcional es que es un gas a temperatura ambiente. A medida que se produce va quedando aprisionado entre las rocas y en cuanto se le da la menor oportunidad escapa de la tierra y se mezcla con el aire. Una vez liberado, al ser más pesado que el aire, se va acumulando en los lugares bajos y mal ventilados.

El radón más común en la atmósfera, el 222, es radioactivo, y como el resto de los elementos de su clase, se desintegra. Una forma habitual de desintegración radioactiva consiste en expulsar un pedazo de núcleo, una partícula alfa, que sale disparada a toda velocidad. Por suerte para nosotros, las partículas alfa tienen muy poco poder de penetración: una simple hoja de papel vasta para detenerlas. Si un átomo de radón revienta en el exterior de nuestro cuerpo, las capas de células muertas que recorren nuestra piel la detendrán sin ningún problema. Sin embargo, si se inhalan átomos de radón al respirar la situación cambia como de la noche al día. En ese caso la partícula alfa es liberada en el interior de nuestros pulmones y va chocando y rompiendo moléculas de las células que encuentra a su paso. En circunstancias normales el cuerpo repara los daños y no sucede nada, pero en casos excepcionales una partícula puede dañar el ADN de una célula pulmonar, con tan mala suerte que la vuelve loca. Esa célula se olvida de su cometido en el organismo y comienza a reproducirse sin control poniendo en peligro la estabilidad del ser vivo: así nace el temido cáncer.

Ahora podemos comprender el origen de la radioactividad de los monumentos egipcios que mencionamos al principio. Aquellas estancias hechas de piedra y con galerías profundas y agrietadas con el paso del tiempo han permanecido cerradas o mal ventiladas. El radón que se ha ido quedando en las paredes o el que se ha ido filtrando por las ranuras a lo largo de cientos de años se ha ido acumulando. Aunque la desintegración eliminaba átomos continuamente su proporción permanece alta porque los átomos eliminados han sido substituidos por otros. Por esas razones, la cantidad de radón es mucho más elevada de lo que sería conveniente y la radioactividad se ha unido como una amenaza real a las maldiciones de los constructores de tumbas.

El ejemplo de los sucedido en los monumentos del país del Nilo sucede, aunque en menor medida, en nuestras propias casas. Según las agencias de protección radiológica el radón que se acumula en las viviendas mal ventiladas es la segunda causa de muerte por cáncer de pulmón después del tabaco. ¿Cómo se puede disminuir semejante peligro? Existen varias reglas elementales: la más barata y efectiva consiste en abrir las ventanas durante unos minutos al menos una vez al día para que las corrientes de aire arrastren al radón. Otra consiste en poner sistemas de ventilación en los sótanos y sellar las grietas que puedan producirse en la vivienda impedir el paso al radón acumulado en las profundidades del suelo. Son reglas simples con las que podemos paliar los efectos de una maldición que es más peligrosa para nosotros que para los moradores de las pirámides.

Emitido el 16 de junio de 2007.


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Un comentario a “La maldición de Tutankamon”

  1. Bien tambien puede ser pero la magia egipcia es demasiada poderosa y estos la utilizaron para proteger su descanzo, llegaron a crear camaras sin fin para despistar a los que querian robar!

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Álvaro Martínez Majado | Contactar | Funciona con software libre | Privacidad | Las Cartas de Ulises son del programa Vanguardia de la ciencia, que se emitía semanalmente en Radio Exterior de España de Radio Nacional de España. Más información | Información sobre derechos de autor